sábado, 8 de marzo de 2025

Capítulo 1

OPONENTE DEL CIELO

ESTADO: Activo
TIPO: Novela
GÉNERO: Artes Marciales / Acción
ETIQUETAS: Tragedia, Reencarnación, Ciencia Ficción, Artes Marciales, Murim, Acción, Violencia, Abuso.




CAPÍTULO 001


    Su único objetivo era encontrar información. Cualquier pista, por mínima que fuera, le ayudaría a comprender dónde estaba y qué debía hacer. Deambuló por las calles durante largos minutos, observando los pequeños puestos que exhibían todo tipo de manjares. Su estómago gruñó, pero su bolsillo estaba vacío.
    Se acercó a varias personas en busca de respuestas, pero la mayoría decidió ignorarlo. Algunos ni siquiera se molestaron en mirarlo, mientras que otros lo observaban con cierta perversión y le dirigían comentarios despectivos. Syrmus sintió asco. Este mundo le resultaba aún más repulsivo de lo que imaginaba.
    Continuó su camino hasta que notó a un vagabundo apoyado contra una pared, sosteniendo un cartel con una mano y un pequeño tarro con la otra. En su interior tintineaban un par de monedas.
    —Disculpe… ¿Sabe dónde estamos? —preguntó Syrmus con curiosidad.
    El hombre alzó una ceja y lo miró con desconfianza.
    —Estamos en Shaanxi. ¿Por qué lo preguntas? ¿Acaso te golpeaste la cabeza? —Dejó escapar una risa seca, pero Syrmus no se inmutó. Su expresión se mantuvo serena, casi analítica.
    —Podría decirse que sí… Pero eso no importa —respondió, sacudiendo la mano como si ahuyentara la burla ajena—. ¿Por casualidad le resulto conocido? ¿En qué año estamos? ¿Quién gobierna este Imperio?
    El vagabundo frunció el ceño y levantó una mano para detenerlo antes de que soltara más preguntas.
    —¿Te estás burlando de mí? De verdad te golpeaste la cabeza muy fuerte, chico.
    Suspiró con resignación, pero decidió responder.
    —¿Cómo no me ibas a parecer conocido? Todo aquel que haya visitado el barrio rojo alguna vez en su vida te reconocería —dijo, mirándolo con escepticismo—. ¿Estás seguro de que estás bien?
    Las palabras hicieron que Syrmus sintiera un escalofrío recorrer su espalda.
    —¿Barrio rojo? ¿Quieres decir que yo…?
    Nunca había pisado un lugar así, pero había oído hablar de ellos. Barrios donde la noche cobraba vida bajo luces rojizas. Lugares repletos de burdeles, tabernas, teatros y comercios clandestinos.
    —Sí, trabajas en un prostíbulo… O bueno, trabajabas, porque ahora estás aquí —añadió el hombre con una sonrisa burlona—. Creo que te dieron una buena paliza cuando te echaron.
    Syrmus apretó los dientes. No le hacía falta recordar su procedencia.
    —¿Y mis demás preguntas? Aún no las has respondido.
    El vagabundo lo miró con diversión y extendió la mano, esperando algo a cambio.
    —Nada en la vida es gratis, chico. Si quieres respuestas, tendrás que pagar.
    Syrmus suspiró. No tenía dinero, pero sí un par de hanfus dentro de su improvisado bolso de viaje. Sacó uno y se lo tendió al hombre.
    —Un trueque. Es lo único que tengo.
    El vagabundo observó la prenda de alta calidad y sonrió con satisfacción.
    —Mmm… Me parece justo. A ver… Estamos en el año doscientos sesenta y seis. ¿Dijiste "imperio"? Nunca oí esa palabra, pero si te refieres a clanes y sectas, entonces sí… Estamos en Shaanxi, la provincia que conecta la mayoría de las sectas. De hecho, estamos cerca del Monte Hua.
    Alzó una mano y señaló una gran montaña que se elevaba a lo lejos.
    Syrmus asintió y se alejó, agradeciendo la información. El vagabundo lo siguió con la mirada por unos segundos, intrigado, pero pronto volvió a lo suyo.






    Vagó por las calles hasta que el cansancio le pesó en los pies y la cercanía de la noche le obligó a buscar refugio. Sus ojos recorrieron los alrededores hasta encontrar una choza abandonada no muy lejos del camino principal. Parecía la mejor opción.
    Tras asegurarse de que no había peligro, dejó su bolsa en la habitación más estable y comenzó a reunir recursos. Buscó entre los arbustos y árboles cercanos, recogiendo piedras, ramas y hojas secas. Primero construyó una hoguera, tanto para calentarse como para cocinar. Luego, con varias tablas sueltas y hojas, improvisó una cama rudimentaria. No era lo más cómodo, pero serviría.
    Se dejó caer sobre su improvisado lecho y cerró los ojos por un momento. Su estómago rugió, recordándole que no había comido en todo el día.
    —Tsk… Necesito comida —murmuró, llevándose una mano al abdomen.
    Buscó entre los restos del suelo hasta encontrar una piedra con suficiente filo. Tras unos minutos de trabajo, la ató a un palo y la afiló contra otra roca, creando una rudimentaria lanza. Probó su estabilidad dando un par de golpes al aire y, al ver que se mantenía firme, sonrió satisfecho.
    Mientras recolectaba madera, había visto un lago cercano. Recordó su ubicación y se encaminó hacia él, esperando encontrar algo que cazar.
    El agua reflejaba la última luz del atardecer. No era ni demasiado fría ni demasiado cálida, perfecta para tomar un baño más tarde. Pero primero, la caza.
    Se adentró en el lago con la lanza improvisada. Los peces eran rápidos, y más de una vez logró apenas rozarlos. Sin embargo, su instinto de cazador no le falló. Con paciencia, esperó el momento oportuno y lanzó la lanza con precisión.

    Uno.

    Otro.

    Poco a poco, fue recolectando suficientes para su cena. Si no fuera por la experiencia de su vida pasada, aún estaría luchando contra esos escurridizos animales.
    Logró capturar cinco peces: dos de buen tamaño y tres más pequeños, pero eso sería suficiente para él. Tomó su lanza improvisada y cargó con su botín de regreso al refugio. Dejó los peces a un lado y preparó todo para cocinarlos. En su camino, había recogido algunas hierbas silvestres para darles un poco de sabor. ¿Cómo sabía que no eran venenosas? No lo sabía. La vida era incierta, y en cualquier momento podía enfrentarse a la muerte. Si las hierbas no lo mataban, algo más lo haría tarde o temprano.
    Con todo listo sobre el fuego, sacudió sus manos y observó su improvisado banquete. Luego tomó su bolsa con ropa y regresó al lago para lavarse. Comer limpio era un pequeño lujo que podía permitirse. No era un mal lugar, después de todo. Tuvo suerte de encontrarlo, y esperaba que esa misma fortuna lo acompañara en los días venideros.
    Una vez en la orilla, se despojó del hanfu sucio y se sumergió en el agua. Un escalofrío recorrió su cuerpo al sentir el frescor del lago eliminando la suciedad acumulada en el día. Se frotó con esmero, asegurándose de no dejar ni un rincón sin limpiar.
    Por un momento, se hundió completamente, contemplando la luna a través de la superficie del agua. Recordó las historias de su infancia, aquellas que hablaban de almas errantes que regresaban al cielo para velar por los vivos. Una antigua creencia que siempre le había dado consuelo. Tal vez, en algún lugar, aquellos que perdió lo estaban observando.
    Un nudo se formó en su garganta. Con el corazón pesado, se permitió llorar en silencio. Las lágrimas se mezclaban con el agua del lago, ocultando su dolor. Solo ahora, en la tranquilidad de la noche, comprendía la magnitud de lo que había sucedido. Ya no era el hombre que una vez fue. Las personas a las que amaba se habían desvanecido para siempre. Lo había perdido todo. Sin embargo, esta nueva vida era un regalo, una segunda oportunidad otorgada por los cielos, y no pensaba desperdiciarla.
    Con esos pensamientos como único consuelo, emergió del agua, sacudió el exceso de líquido y se vistió con el último hanfu limpio que le quedaba. Inspiró profundamente y emprendió el camino de regreso al campamento improvisado, con el viento acariciando su cabello aún húmedo.
    Mientras caminaba, captó el sonido de unas voces no muy lejanas. Su instinto lo puso en alerta de inmediato. Se deslizó entre los arbustos y observó desde las sombras. Tres figuras tambaleantes se acercaban a su refugio: borrachos.
    Sin temor, Syrmus salió de su escondite y los enfrentó directamente.
    —¿Acaso no tienen mejores lugares donde reunirse? —preguntó con voz firme mientras avanzaba lentamente.
    Los hombres voltearon en su dirección y, al verlo, estallaron en carcajadas.
    —¿Qué hace una puta por aquí? ¿Te echaron o escapaste? —dijo uno con burla.
    El asco se reflejó en el rostro de Syrmus.
    —¿A quién llamas puta, imbécil? Mejor tomen sus panzas hinchadas de licor y lárguense. Me harían un favor, apestan.
    Las risas del grupo aumentaron. Uno de ellos se acercó peligrosamente.
    —Mírenlo… Se hace el valiente. Dime, ¿cuánto cobras? Tal vez así nos vayamos sin lastimarte, princesa.
    Otro alzó una mano y la deslizó por su cintura, mientras otro le tomaba el mentón.
    —Vamos, seremos gentiles. No te haremos daño… mientras no luches.
    La repulsión recorrió su cuerpo como una tormenta. Su sangre hervía. Bajó la cabeza, conteniendo la furia.
    —Suéltenme… háganlo ahora si no quieren terminar empalados como los peces que cacé —su voz fue baja, pero afilada como una espada.
    Los borrachos se carcajearon de nuevo. Uno tropezó, dándole la oportunidad que necesitaba. Con un rápido movimiento, pateó a su agresor y tomó la lanza que había dejado cerca.
    Su cuerpo temblaba, pero no de miedo. Era furia, puro odio. Se plantó firmemente, empuñando su arma improvisada.
    —Suelta eso, niño. ¿Crees que puedes hacernos algo? Solo mírate, estás temblando —dijo uno con desdén.
    Pero Syrmus ya no los escuchaba. Su mente se había enfriado. Se puso en guardia y lanzó la primera estocada.
    Sus movimientos eran ágiles, gracias a la ligereza de su nuevo cuerpo. Atacó sin piedad, sus cortes eran precisos. Buscaba ahuyentarlos, pero solo los enfureció más.
    —¡Maldita sea! —rugió uno de los hombres, cubriéndose la herida en el brazo—. ¡Estás muerto!
    Syrmus no titubeó. Se dejó llevar por la ira y el asco. Su lanza perforó el brazo de uno, al segundo lo empujó al suelo y le clavó la punta en la mano, cercenando dos dedos. El tercero, el más repulsivo de los tres, fue el que recibió el peor castigo. Con un tajo limpio, le cortó la lengua y su miembro.
    Los gritos de agonía rompieron la calma de la noche. La sangre manchó la tierra.
    Finalmente, su cuerpo dejó de temblar. El cansancio lo golpeó con fuerza. No tenía resistencia ni musculatura suficiente, lo que dificultaba su rendimiento en combate. Sin embargo, los borrachos estaban ebrios y su juicio nublado. Habían cometido el error de subestimarlo.
    Dos de ellos huyeron tambaleándose, mientras el último apenas lograba arrastrarse lejos de él.
    Syrmus respiró hondo, tratando de recuperar la compostura. Giró la vista hacia su campamento y, para su alivio, su comida seguía intacta. Agradeció en silencio que el viento hubiera apagado la fogata, evitando que su cena se arruinara.
    Con una mueca de agotamiento, tomó asiento cerca de la fogata extinta. Sus manos aún temblaban ligeramente, pero en su rostro solo había una fría determinación.
    Esta era su nueva vida. Y no iba a permitir que nadie la pisoteara.

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